martes, 29 de mayo de 2012

La vida entre las manos


Mi esposa está embarazada. Lleva treinta y seis semanas de gestación y el doctor le ha prescripto reposo absoluto. El gran nido –que ahora resulta realmente pequeño– es un revuelo con una madre en cama, cuatro pichones agitados por sus tareas cotidianas y el huevo de las cuarentas semanas de incubación inquieto dentro del vientre… ¡Y qué decir del padre yendo y viniendo enredado en los quehaceres domésticos!.
Cocinar resultó más sencillo de lo que esperaba. Los consejos del foro resultaron útiles a la hora de planificar el almuerzo y cena. ¡Quién lo diría!. También es muy útil el lavarropas automático, maravilla de la ciencia moderna del que mi mamá nunca disfrutó. Lástima que no tenemos lavavajillas… pero en esos detalles a veces los niños ayudan.
Entre tanto desparramo los picaflores rubíes van y vienen en las ventanas de casa. El almíbar también necesita de las tareas del improvisado amo de casa. Debe ser preparado con agua hervida y en una proporción de una parte de azúcar y tres partes de agua. Además hay que renovarlo cada tres días máximo para impedir que crezcan ciertos hongos que son perjudiciales para el ave.
En Bariloche está haciendo frío. Tenemos días de - 5º C. Las máximas fueron 7 u 8º C. Hubo tardes patagónicas, esas tardes soleadas que llenan de luz las siestas heladas y que magnifican el paisaje haciendo que valga la pena tanto frío, tanto revuelo. Una sonrisa de Dios en medio de tanto vaivén cotidiano.
Fue allí que abrimos las ventanas unos instantes para darle lugar al sol. Y allí entró un colibrí rubí al dormitorio. Allí su aleteo llenó de vida la habitación. Barullo general en el pequeño gran nido. Resultó difícil ayudarlo a encontrar la salida. Con un trapo, con una escoba, con lo que fuera intentamos indicarle la ventana pero no la encontraba. Para el colmo, otro ejemplar lo azuzaba desde afuera por un gran vidrio, así que la desesperación del pobre colibrí se multiplicaba por atacar a su contrincante, buscar una salida y escapar de nuestras miradas.
Preferimos dejarlo solo, agotando su energía para que no luchara por tantas cosas. Cuando por fin disminuyeron sus aleteos y ya no podía sostenerse en su vuelo, entonces me acerqué y lo tomé usando una tela como red. Luego con suavidad extrema busqué sus patas que él prensó en mi dedo y apreté con suavidad levantando la improvisada red. Allí apareció entre mis palmas la pequeña y magnífica ave. Su corazón latía aceleradamente, sus alas temblaban y sus ojos nos oscultaban con gran curiosidad, tal vez con miedo, no lo noté.
Mi corazón también temblaba. Tenía la vida entre mis manos; una pequeña porción de vida pero una de las más maravillosas. ¡Cuán pequeña puede ser la vida pero sin embargo es siempre bella!.
Lo miramos con atención, atinamos a sacar algunas fotos, disfrutamos de ese instante. De pronto el estupor del ave se fue desvaneciendo y recordó sus deseos de libertad, sin poder quedarse quieto comenzó a batir sus alas y querer safarse de mis manos. Me acerqué a la ventana y entreabrí mis dedos. El ave voló libremente hacia el sol de la tarde patagónica.
Lo seguimos por unos minutos y luego, él y nosotros continuamos nuestra cotidiana tarea de vivir.

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